De la mediocridad de la crítica y a la excelencia por la subvención

Escrito por Tatiana Solovieva.

“Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas; los ilustres historiadores, siempre o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.”
Miguel De Cervantes

En España hay pocas personas que entiendan la danza en profundidad y muchas críticas que a menudo leemos en la prensa después de nuestras actuaciones son realmente decepcionantes.

Es verdad que el crítico está para “criticar”, pero… ¿Qué es la crítica y qué función cumple?

La crítica debería informar de los valores artísticos de las compañías, de su historia, su trayectoria y ayudar a crear cultura para ayudar a la gente a entender lo que ven y sepan valorarlo en justa medida. La crítica no puede ser el desahogo de individuos que se creen por encima del bien y del mal, pontificando sobre el sacrificio de los demás, alimentándose como necrófagos de los despojos de los pequeños intentos de creación e impidiendo desarrollar los aspectos positivos de muchos artistas con talento. Decía
François Truffaut que “El crítico debería ser, en general, el intermediario entre el autor y el público, explicando al segundo las intenciones del primero, dando a conocer al primero las reacciones del segundo, ayudando a uno y a otro a ver más claro”.

Pero por desgracia, lo que muchas veces observamos es todo lo contrario. Más que impulsar el arte, como avisara Kandinsky, los críticos se acaban convirtiendo en los mayores enemigos del arte. Lo que a menudo vemos en las críticas nada tiene que ver con informar al público sobre los valores positivos o negativos de la obra, se dedican al recuento de espectadores, el éxito o fracaso comercial, y como mucho, a recordar vía Wikipedia algunos datos de la vida de los autores.

Profesionales de la crítica sin profundidad, dejan en evidencia su propia ignorancia mezclando cosas hasta hacer un pastiche de palabras sin coherencia alguna, en el autoconvencimiento, propio de todo supremacista moral, de que están haciendo una gran labor para la Humanidad. Pero como no hay fondo ni casi conocimiento de la materia que se crítica, al final, les gana el snobismo, la falsa “originalidad” de alabar lo feo, lo vulgar y lo zafio. Hacen honor a aquellas palabras del gran Salvador Dalí: “Hoy, el gusto por el defecto es tal que sólo parecen geniales las imperfecciones y sobre todo la fealdad. Cuando una Venus se parece a un sapo, los pseudoestetas contemporáneos exclaman: ¡Es fuerte, es humano!

Y qué patéticos cuando se centran en lo comercial. ¿Es tan importante si la obra tiene subvenciones o si la compañía es estatal? Al parecer, si la compañía dispone de dinero público arrancado a los bolsillos de los contribuyentes entonces tiene más estatus y más calidad… ¿Cuántas mediocridades hemos visto realizadas con las subvenciones públicas?

Un ejemplo reciente de este tipo de crítica lo hemos podido sufrir en unas declaraciones en prensa del nuevo director de la Compañía Nacional de Danza, Joaquín de Luz. Este funcionario se quejaba de que por la Gran Vía madrileña se representaban obras de danza durante meses por mediocres compañías rusas y que el gran clásico El Cascanueces es de Petipá. Creemos necesario informar al lector y de paso al respetable director de la compañía pública de Danza, que la coreografía de Petipa es muy poco conocida, que no tuvo éxito en su época, y que la versión más clásica de El Cascanueces se debe a V. Vainonen.

Y sí, desde 2005 por la Gran Vía de Madrid han pasado compañías que nos han ofrecido sus propias versiones de El Cascanueces. Sin ánimo de ser exhaustivos, algunas de ellas son:

Ballet Imperial Ruso, coreografía de Gediminas Taranda

Ballet de San Petersburgo, coreografía de Andrey Batalov

Ballet Estatal de San Petersburgo Leonid Yakobsón, coreografía Yury Petukhov

Ballet Estatal Clásico de Moscú, coreografía de N. Kasatkina y V. Vasiliov

Ballet Estatal Tchaikovskiy de Perm, coreografía V. Vainonen

Moscow City Ballet, coreografía Smirnov-Golovanov

Kiev Modern Ballet, coreografía Radu Poklitaru

Sin dinero público sacado de los bolsillos de todos, sin acceso gratuito a los teatros públicos, sin publicidad institucional, el público español ha tenido posibilidad de conocer a grandes clásicos del repertorio ruso gracias a muchos de esos “mediocres” en opinión del señor Luz. Entre ellos, es de justicia citar a grandes bailarines internacionales como Gediminas Tarandá (estrella de Bolshoi, ganador de múltiples premios internacionales), él y los solistas de su ballet tienen ocho Medallas de Diaguilev entre otros premios, vimos a Aliya Tanykpaeva (que posteriormente fue solista del Ballet de Viena, de Zúrich y actualmente es la Etoile de la Ópera de Budapest). Andrey Batalov es Gran Prix de la Competición internacional de Moscú, medallas de Oro de París y Nagoya, primeros premios en Budapest y Arabesk-Perm, solista principal de Mariinskiy Ballet de San Petersburgo. Y se puede nombrar a Leonid Sarafanov, Lina Sheveliova, Mikhail Kuznetsov, Ekaterina Berezina, Nikolay Chevychelov, Kirill Radev, Ekaterina Bortiakova, María Poliudova, Vladimir Statniy, Sergey Dotsenko, Natalia Moiseyeva, Julia Mashkina, Elena Kulaguina, Nikolay Nazarkhevich… Una lista interminable de “mediocres” que han acercado la danza, la música y el arte al público madrileño.

Si Joaquín de Luz, intentando reclamar más subvenciones, desprecia a los ballets rusos que han pasado por la Gran Vía, le desafiamos a trabajar en las mismas condiciones que ellos, a riesgo de taquilla y pagando todos los costes de producción sin ayudas del Estado y demás administraciones. Así podrá comprobar que los decorados, el vestuario y la calidad de artistas rusos no tienen nada que envidiar a la compañía que ahora dirige, y la calidad de interpretación y la escuela rusa algo podría aportar a los respetables bailarines españoles en vez de ser objeto del desprecio de su director. Por último, hay que tener pocas luces para decir estas cosas cuando una de esas “mediocres” compañías es el Ballet Imperial Ruso, fundado y dirigido por la genial Maya Plisétskaya. Casualmente, esta “mediocre” fue nombrada para dirigir la misma compañía que ahora dirige Joaquín de Luz. Nada más que añadir…

Otro ejemplo de “crítica” nos lo da Roger Salas desde las páginas del periódico globalista “El País” tras la representación del Ballet de Igor Moiseyev en el Teatro Real de Madrid el pasado 2 de diciembre.

El crítico de El País, que no puede evitar reconocer la calidad y la importancia de la Compañía de Igor Moiseyev, obvia lo positivo o negativo del espectáculo, que es lo que debe importar al lector, y se dedica a asustar con las purgas de Stalin y a señalar –nuevamente el enfermizo supremacismo moralista- a Igor Moiseyev como miembro de la nomenklatura soviética. Para ello, lo mejor es ocultar la realidad (si es que la conoce) de que el genio de Igor Moiseyev abrió nuevos caminos a la danza y sigue siendo el que más ha aportado a su desarrollo en el Siglo XX, insuperado hasta el día de hoy. No es culpa de los actuales bailarines del Moiseyev que el señor Salas no sepa o no entienda el contexto histórico en el que se dieron los procesos judiciales estalinistas en una difícil época de construcción de un Estado absolutamente nuevo después de la caída del Imperio y las ruinas en las que se encontraba el país después de la guerra civil. Somos conscientes que es difícil de asumir, desde la Europa neoliberal y sometida a la dictadura de lo políticamente correcto, que en la URSS hubiera una mayoría de población que se sentía feliz por participar en la construcción de la sociedad de sus sueños, el entusiasmo por crear una sociedad sin clases, sin explotación, donde las diferentes culturas de los pueblos y el orgullo de los trabajadores se reflejaban, con sus luces y sus sombras, en el arte. Criticar a Moiseyev por trabajar dentro del régimen político de su época es igual de manipulador e injusto como despreciar a Berlanga, Carlos Saura, José Luis Garci, Fernando Fernán Gómez, Juan de Ávalos y una larga lista… porque desarrollaron sus carreras en todo o en parte durante la época de Franco, acusándoles de que “aprendieron la lección y entendieron el significado de supervivencia en aquella época. Así se forjó su estilo y metódica manera sobre la complacencia a las autoridades…, se hizo de la nomenclatura cultural oficialista”.

Para colmo, Roger Salas nos da una lección de ignorancia supina escribiendo: “Puede el Ballet de Moiseyev tener cierta gracia pero no en los márgenes propios de un gran coliseo de ópera y ballet. Apúntese que en Moscú el Ballet de Igor Moiseyev se presenta habitualmente en la sala de Conciertos Chaikovsky, su sede oficial desde 1940, nunca en el Teatro Bolshoi (en San Petersburgo, tampoco nunca en el antiguo Mariinski) a veces en el gigantesco Teatro del Kremlin. Cuando la compañía viaja al extranjero se presenta habitualmente en coliseos comerciales (no en Garnier de París, ni en Covent Garden de Londres, ni en La Scala de Milán)

Nos gustaría informar al respetable crítico de El País que las primeras actuaciones del Ballet de Igor Moiseyev en Italia, Francia y en Los EEUU justo fueron en los grandes Coliseos como La Scala de Milán, Metropolitan Operá y en la Grand Operá de París, es donde le pusieron el título de BALLET al Ensamble de Igor Moiseyev. En los últimos años el Ballet de Igor Moiseyev actúa a menudo en los más importantes escenario de Rusia, como Bolshoi (escenario histórico) en 2017 y 2019, y en el escenario nuevo, donde realizó solo en 2019 cuatro espectáculos. También podemos recordar la actuación en Mariinski Ballet de San Petersburgo en 2018, en el Teatro de Ópera y Ballet de Riga en 2019, Teatro Real de Omán en 2019, Teatro de Opera y Ballet de Tel-Aviv en 2019 (5 espectáculos con las entradas agotadas)

Además, la Sala Tchaikovsky de Moscú no es menos importante, aunque no sea un coliseo de ópera. Es la más importante sala de Rusia donde actúan las más grandes compañías rusas e internacionales, y es sede oficial del Ballet de Igor Moiseyev desde 1940, donde fueron estrenadas todas sus obras y también donde están las salas de ensayos de la compañía. En cambio, en el Palacio de Congresos del Kremlin la compañía actúa pocas veces, aunque recibe constantemente ofertas de fechas, porque lo considera incómodo para sus actuaciones.

En lo que podemos estar de acuerdo con Roger Salas es que el gran coliseo de la ópera de España, el Teatro Real de Madrid, debería apostar por compañías que lleven el auténtico Arte con historia, como Igor Moiseyev Ballet y no solo dedicarse a hacer caja.

 

Acabando con una nota positiva, nos gustaría decir que en España hay críticos que realmente entienden la historia de la danza y saben valorar y escribir con estilo sobre los espectáculos de ballet. Entre ellos debemos destacar a Mercedes Albi, desde nuestra óptica, la mejor crítico de la danza en España.

Escrito por Tatiana Solovieva.

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